¿Por qué están cambiando los árboles de Zaragoza?
Artículo publicado en el número 7 de la revista Zaragoza Joven.
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Info Joven con la colaboración con el Servicio de Sostenibilidad y Desarrollo Estratégico - Oficina de Medio Ambiente, Acción Climática y Salud Pública del Ayuntamiento de Zaragoza
¿Se te ha muerto esa planta que te regalaron? Puede ser que se te fuera la mano regando (o que te hayas olvidado de ella y la pobre se haya secado), pero también que tu casa no tenga suficiente luz o que en la esquina de la terraza que la has puesto dé demasiado el sol. No todas las plantas tienen las mismas necesidades y por mucho que en ese mismo sitio te haya sobrevivido un poto, no significa que una hortensia pueda hacerlo.
Lo mismo ocurre con los árboles urbanos. En el número anterior te contábamos para qué sirven, así que esta vez vamos a seguir con algo en lo que quizá te hayas fijado: los árboles de Zaragoza están cambiando. No es que estén evolucionando como si fueran pokémons, sino que el cambio climático está provocando que especies que antes se podían plantar sin ningún problema en nuestra ciudad, cada vez lo tengan más difícil para sobrevivir.

Un ejemplo son los fresnos. Viven tan tranquilos en sus zonas favoritas, las riberas de nuestros tres ríos (el Ebro, el Gállego y el Huerva, por si no te salen las cuentas), pero en cuanto se alejan un poco de ellos, cada vez se les complica más la supervivencia. Esto ocurre porque les gustan la humedad y las temperaturas bajas y cada vez es más difícil encontrarlas en cuanto nos alejamos del agua. Por ejemplo, a los fresnos plantados en 2021 en la zona de las Murallas Romanas se les han colocado en su tronco una funda de tejido natural para protegerlos de las quemaduras del sol, igual que tú te echas crema para no ponerte como un tomate, ya que su copa no es tan grande como para darles sombra. Las consecuencias de estas quemaduras son graves: pueden estropear el ejemplar hasta incluso matarlo. Lo mismo ocurre con los tilos, los cerezos de flor, los aligustres del Japón y los castaños de indias, por lo que cuando se plantan nuevos árboles, ya no se hace en lugares demasiado expuestos al sol. Por cierto, si no les pones cara a alguna de estas especies, puedes descubrirlas en la web de Medio Ambiente del Ayuntamiento de Zaragoza, donde también encontrarás la localización de algunos ejemplares para que los veas en vivo.
El sol no es el único enemigo de los árboles. Las plagas también los estropean y muchas están encantadas con el aumento de las temperaturas. Una de ellas es el picudo rojo, un gorgojo que se alimenta de palmeras canarias. Aunque se está luchando contra él, en algunos casos ha ganado la batalla. Un ejemplo son las palmeras que se encontraban junto a la fuente de la Princesa, en el Parque Grande José Antonio Labordeta. Su mal estado obligó a retirarlas. El picudo rojo no es el único villano en esta historia: los perforadores de madera también se están cebando con los ciruelos rojos, los cerezos de flor, los olmos, pinos y algunos tipos de arce. Hay dos maneras de acabar con estas plagas: encontrar tratamientos efectivos contra ellas o identificar plantas que tengan características que les permitan sobrevivir a ellas. Por ejemplo, se han conseguido seleccionar olmos que resistan la grafiosis, un hongo que en los años 30 del siglo XX diezmó su población.
No todo son malas noticias. A algunas especies de árboles les gusta el calorcico y, aunque antes no sobrevivían en Zaragoza a causa de las heladas, su escasez actual (¿cuántas veces has visto este invierno un termómetro en negativo?), les sienta genial. Un ejemplo es la tipa, un árbol originario de Argentina y Bolivia. Hasta ahora podías verla en la costa mediterránea, pero últimamente está teniendo un gran éxito en Zaragoza. No solo tiene unas flores bastante chulas, sino que además es capaz de fijar nitrógeno atmosférico en la tierra, que luego sirve de alimento a otras especies colocadas a su lado que lo necesitan. La melia o cinamomo (¿sabes ese árbol con bayas amarillas que se ve en muchos sitios? Pues ese) también está muy a gusto con temperaturas de más de 40º. Quien sale perdiendo son algunas especies autóctonas, que no son capaces de adaptarse a esta nueva realidad.